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¿En Santa Cruz como tragedia y en Puno como comedia, los autonomismos se han puesto de nuevo de moda.
No debieran tomarse demasiado en serio las nuevas amenazas de Hernán Fuentes, el presidente regional de Puno. Como bien ha dicho Mirko Lauer, Fuentes es un artista de la fuga hacia adelante y lo que busca con esto es sortear la inmensidad de críticas que rodean su gestión y los intentos por revocarlo (hace poco hubo un paro, en parte contra él, y días después fue apedreada la sede del gobierno regional).
Es insólito que una región pobre quiera autonomizarse. Normalmente ocurre lo contrario y son las regiones económicamente más ricas -Québec en Canadá, el País Vasco en España, Guayaquil en Ecuador y Santa Cruz en Bolivia- las que, sabiéndose solventes, se aventuran con demandas de esa naturaleza. Es verdad que los puneños están molestos con el Gobierno nacional, pero su reclamo no es el de separarse o autoexcluirse sino, por el contrario, el de ser incluidos de a verdad; el de participar en los beneficios de un progreso que el Gobierno nacional publicita y ellos casi no ven.
Lo de Bolivia sí es muy serio. Si se avanza hacia el separatismo, se abriría una caja de Pandora de inestabilidad y violencia, un resultado a todas luces indeseable para Bolivia y para el resto de América Latina.
Por ello se debe tratar de evitar que ello ocurra por todas las formas civilizadas posibles. Hay quienes han señalado que el referéndum de Santa Cruz y los que se han convocado en Pando, Beni y Tarija son una respuesta de las burguesías regionales defendiendo sus intereses frente al gobierno izquierdista de Evo Morales.
Algo de cierto hay en ello. Sin embargo, es insuficiente como explicación de la complejidad de un problema que no empezó con Morales y que no va a terminar con él. Las tensiones regionales en Bolivia vienen muy de atrás y tienen raíces muy profundas.
Si bien se puede achacar a las autoridades regionales de Santa Cruz la responsabilidad por estar acelerando un proceso autonómico, cuyas consecuencias pueden ser muy graves para su país, también hay que señalar la responsabilidad de Evo Morales por haber exacerbado las contradicciones y no haber buscado lo que Bolivia necesita con urgencia: un proyecto nacional incluyente para todos, indígenas y no indígenas, collas y cambas.
La aprobación, a fines del año pasado en Cochabamba del proyecto de Constitución del MAS, en ausencia de la oposición, en una instalación militar, con muertos en las calles y sin cumplirse con los requisitos que la Asamblea Constituyente había establecido, fue el combustible que le dio nueva fuerza a los intentos autonomistas.
Como suele suceder en Bolivia las cosas cambian muy rápidamente. El Senado, por iniciativa de Podemos, de la oposición, desempolvó y aprobó esta semana un proyecto de referéndum revocatorio para presidente y para prefectos que había sido originalmente presentado por el gobiernista MAS.
Esto replantea la situación. Morales ha aceptado el reto y en las regiones hay opiniones divididas y critican la norma por el impacto distractivo que tendría sobre los referéndum autonómicos pendientes.
Es muy pronto para saber cuál será el nuevo rumbo de los acontecimientos y quiénes los ganadores o perdedores. Lo ideal sería que no los hubiese y que se lograra, más bien, un consenso mínimo para un proyecto nacional compartido. Pero eso parece estar lejos.
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