| Dom. 20 abr '08

La excepcionalidad peruana

Siempre lo van a negar, pero la aprobación o desaprobación de la ciudadanía expresada regularmente en las encuestas de opinión importan muchísimo a los políticos en general y a los gobernantes en particular. Nunca lo van a admitir -por lo menos mientras las tendencias estén a la baja- pero las siguen con lupa y tratan con sus discursos y sus acciones cambiar las tendencias. En eso anduvo en estos días Alan García cuando botaba "a patadas a los imbéciles del Banmat".

Pero, más allá del control de daños sobre los hechos de esta semana, García tiene un problema de fondo con la aprobación de su gestión. Si hace un año este consistía en que la desaprobación superaba la aprobación, ahora se manifiesta en que tiene a dos tercios en contra y que la cosa bien podría seguir deteriorándose. No es el fin del mundo. Sabemos que aprobación baja no es necesariamente sinónimo de ingobernabilidad.

El Gobierno afortunadamente es estable, lo que constituye un paso adelante en la consolidación institucional democrática del país; un avance

respecto de lo que ocurría hace relativamente poco, cuando en varios momentos pareció que el de Toledo acabaría antes de tiempo.

Ahora bien, eso no quita que el dato sea preocupante y revelador. ¿Por qué el presidente del Perú tiene tan bajos niveles de aprobación justo en una época en que todos los otros presidentes en América Latina quedan mucho mejor parados ante sus ciudadanos? Unos más que otros, pero gobernantes de derecha o de izquierda, con políticas económicas liberales o populistas, tienen en la región niveles de aprobación superiores a los que tiene García. Es más, ahora que se va Duarte en Paraguay, el nuestro ocupará el décimo lugar, el último, en la tabla de aprobación de los presidentes de Sudamérica (¡esto se parece ya demasiado al fútbol!).

La paradoja del caso es que se ha hablado en las últimas semanas de una excepcionalidad peruana en cuanto a los resultados económicos, al compararnos con los demás países de América Latina. Se ha dicho, con razón, que no es verdad que el crecimiento en el Perú sea solo espejo de lo que ocurre en todos los demás países. Inédito en nuestra historia, pero parece que esta vez el Perú ha venido siendo el que crece más sólidamente y el que más baja inflación tiene. Esto hace aún más llamativo el que a la par los peruanos seamos, entre todos los latinoamericanos, los más descontentos con nuestros políticos, nuestras instituciones y con la propia democracia.

Obviamente, esto no es porque seamos majaderos o malagradecidos, sino da cuenta de que hay problemas de fondo; asuntos sobre los que ya hemos discutido hasta el cansancio en estos años.

Algunos, con cierto cinismo pragmático, comienzan a pensar que nuestro destino sea el de una Italia del Tercer Mundo, donde pueda convivir el fracaso de la política con el éxito de la economía. Sin embargo, la constatación de que no es posible podría estar a la vuelta de la esquina.

Si esta divergencia es así de grande en épocas de prosperidad macroeconómica y de cierta extensión del bienestar hacia una parte importante de los peruanos, cabe prender todas las luces de alarma sobre lo que podría pasar en los próximos años a nivel político y social si es que los problemas internacionales de la economía se agravan y repercuten internamente, como muchos temen pueda ocurrir.




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